Vaya usted a saber
Con las palabras también se juega
La niña que sobrevive en mí sigue fiebrando con sus juguetes. El más especial de los que recibí este año fue un pequeño diccionario que me permite hacer lo que más me gusta: jugar con las palabras.
Nada más y nada menos que dos mil quinientas palabras ordenadas alfabéticamente, juiciosas y modositas –aunque solo en apariencia–; ese orden que imponen las letras del abecedario y que a los que hacemos diccionarios y a los que los leemos y consultamos nos ayuda a hacernos la idea, sencillamente equivocada, de que podemos abarcar la lengua en un libro, que podemos contenerla entre las manos.
El vulgo y el uso
Los lexicógrafos bregamos constantemente con la búsqueda del significado común, el que puede reflejar lo que los hablantes dicen con cada palabra o lo que entienden con ella.
Una tarea nada fácil, porque las palabras, incluso para entregarnos sus sentidos habituales, no son dóciles y gustan de escondernos la intimidad de sus matices y sutilezas.
Imaginen entonces la diversión que encierra la tarea de redactar un diccionario cuando, como nos dice Rodrigo Cortés, busca con sus definiciones «desnudar palabras, esquivar su significado común para tratar de alcanzar el verdadero»; ese que, apostilla, «es, casi siempre, el opuesto».
Jueguen conmigo de la mano de Verbolario y descubran esos «mundos pequeños» que encierran las definiciones de Cortés.
Basta una definición para que se hagan una idea de lo que hablo cuando digo que jugamos con las palabras. En la definición de donar sé que más de uno se va a ver reflejado.
Dice Cortés que donar es ‘prestar un disco’; añadiría yo ‘o un libro’. Si quieren ironía, busquen la definición de correcto: ‘que coincide con la propia opinión’.
Un poco más dolorosas, pero no menos ciertas, son las dos acepciones de juventud: ‘inmortalidad pasajera’ y ‘estado del alma que el cuerpo desmiente’. ¡Ay!, sobre todo para aquellos a los que el cuerpo insiste en desmentir al alma.
Quiere el autor en su manual de uso –que también lo tiene, como todos los diccionarios dignos de tal nombre– que el lector atravesara el libro «de la A a la Z, sin saltarse siquiera la Ñ, que sobra en tantas lenguas».
Sin embargo reconoce que «el amable lector hará lo que le dé la gana». No pude resistirme y volé al capítulo dedicado a la Z, por la que siento cierta debilidad.
Un zalamero es ese ‘que tiene un plan oculto’; un zombi, un ‘empleado desprovisto de estímulo’; y, una de mis preferidas, un zigzag, un ‘camino recto visto desde la altura’.
Llegados al final del diccionario encontramos la palabra zuzón. El zuzón es una hierba medicinal americana, una palabra acertada para cerrar el Verbolario.
Y lo que más me gusta es que Cortés reconoce en su definición que los que trabajamos desentrañando palabras estamos derrotados por descontado: ‘ultima palabra del diccionario, que probablemente no signifique nada en absoluto, pero vaya usted a saber’. Eso, vaya usted a saber.
De lo mío
De lo mío
Para abrir el apetito
Para abrir el apetito
Más curiosos y más libres
Más curiosos y más libres
María José Rincón González, filóloga y lexicógrafa. Apasionada de las palabras, también desde la letra Zeta de la Academia Dominicana de la Lengua.