Cuando la lengua hiere: construir puentes o levantar muros
Como sabiamente se señala en las Escrituras, «no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca; esto contamina al hombre» (Mateo 15:11). Esta frase nos invita a reflexionar sobre el poder intrínseco que nuestras palabras tienen. La lengua, quizás el órgano más pequeño, puede ser el castigo del cuerpo, pues de ella emanan tanto bendiciones como maldiciones. Es fundamental reconocer la influencia que ejercen las palabras y el modo en que afectan tanto la vida de otras personas como la propia. Los rumores, venenosos en su naturaleza, hieren a todos los involucrados: ultrajan la reputación del agraviado, siembran desconfianza y ansiedad en quien los escucha, y finalmente, desacreditan a quien los propaga. Al hablar negativamente de otros, en realidad, destapamos más de nuestras propias carencias que de las de aquellos a quienes juzgamos. En cambio, el uso malintencionado del lenguaje puede condenarnos al aislamiento y a la pérdida de credibilidad. Al final, lo que decimos sobre los demás, dice mucho más sobre nosotros mismos. Elegir el buen decir nos permite crear ambientes sanos y relaciones duraderas, es un bálsamo que contribuye a generar un mundo más amable unos con otros.