De patinar sobre el hielo
Como cada año, durante las Navidades montan una pista de hielo frente a la estación de tren. El pasado año, mi hija ya deseaba adentrarse en ese espacio y deslizarse con los patines. Aún era pequeña, no tenía la edad mínima. Este año, inexorablemente, había que probar. Así que nos preparamos para ello. La única vez que me había calzado unos patines fue hace casi veinte años, unos patines que me prestó un amigo con el que fui a una pista de patinaje que se encontraba junto al río Guadalquivir, en Sevilla. Un lugar donde había obstáculos y rampas para hacer todo tipo de piruetas. Yo no hacía más que caerme todo el rato, a duras penas me mantenía o lograba ponerme en pie después de cada tropiezo. Él también caía todo el rato pero por motivos bien distintos: se aventuraba en todas las rampas, con saltos y piruetas, y caía una y otra vez hasta que le salía bien. Ese recuerdo permanecía oculto en la memoria hasta que fuimos a la pista de hielo, entonces resurgió la vivencia como si el tiempo no hubiera pasado, como si el instante hubiera permanecido congelado en aquella tarde. Durante la primera visita (porque nos resultó inevitable repetir), desconociéndolo todo, al principio utilizamos un carro cada uno para movernos, pero en un primer momento no conseguíamos avanzar ni un metro, luego ya nos fuimos adaptando y avanzábamos más o menos hasta que, finalmente, nos quedamos con un solo carro para los dos. Durante la segunda visita, empezamos de ese mismo modo pero, al poco, ella me dijo que por qué no intentaba sin carro, y lo hice pensando que no haría otra cosa que caerme. Sin embargo, descubrí que no, que aunque daba incontables traspiés y se me dificultaba mucho moverme, me mantenía en pie. Aún podía recordar, veinte años después, algunos consejos que aquel amigo me dio aquella lejana tarde. Ya en las siguientes visitas, aprendí a desplazarme un poco mejor, con mayor naturalidad y, poco a poco, pude adquirir cierta velocidad. Aunque claro, también mi hija, y siempre me sacaba distancia y debía ingeniármelas para no abrir demasiada distancia entre nosotros (había más personas patinando). También ella empezó a soltarse del carro y a ratos patinábamos de la mano, o ella patinaba sola de un lugar a otro, durante varios metros. Durante cada una de estas veces que me he aventurado al interior de la pista de hielo, he sentido la sensación de estar vivo. De estar completamente inmerso en algo. El desconocimiento por mi parte del patinaje, me obligaba a estar sumamente concentrado en la actividad, la dificultad de hacerlo correctamente y al mismo tiempo estar pendiente de mi pequeña, no hacían sino reforzar esa sensación. Durante ese rato, no me envolvía en incontables pensamientos, no atendía a nada más que a patinar sobre el hielo. El mundo y la realidad se reducían a esa pista. Me encontraba inmerso en el presente, en vivir el momento, en disfrutarlo. Y esa experiencia me dejaba una sensación de sosiego, de estar vivo, algo que debería ser una constante pero que, con la vida ajetreada y siempre a la carrera que llevo, termina por ser algo fuera de lo común, algo que quizá roce lo extraordinario. Y de eso se trata.