Recibir el día
cultura

Recibir el día

Me despierto con la tranquilidad de quien -pasados los cincuenta años-, no tiene hijos ni otro oficio más que las palabras, escribir palabras, leer palabras, buscar el significado de palabras, cortar palabras, juntar y mezclar palabras, borrar y editar palabras, para que aunque no lo sea, todo parezca más sereno, más tranquilo, a veces formando poemas, otras veces, como ahora, dando forma a artículos. Con el celular y una taza de café en las manos, hago un recorrido rápido por el mundo digital, viendo fotos y caras conocidas, leyendo muy rápido titulares de noticias, escuchando en la radio, a bajo volumen, merengues viejos, suaves, como el soundtrack de mi mañana, tomando todo el buen ánimo de nuestra cultura para seguir adelante con mi vida. De pronto veo a una de mis dos gatas trepada en una ventana, mirando los carros pasar, como lo haría cualquier persona, luego mirándome con su carita asombrada, casi diciéndome: -Diantre, ni cuántos carros, santísimo qué julepe. Yo mejor me quedo tranquilita aquí. Por mi parte yo, mientras la abrazo y me río de su expresión tan vehemente, sólo pienso: Es el mundo exterior, mucho julepe y muchos afanes que sólo acaban de empezar. Mientras le acaricio el lomo, haciéndole saber que es parte de mi universo, este universo que hoy comenzó con un café caliente casi al abrir los ojos, y que tiene sus propias prisas y velocidades, que por cierto el café dispara. Así que en cualquier instante se detonarán las mil neuronas que urgen a diario esos asuntos que dan forma a nuestra vida, esos asuntos de los que constantemente nos quejamos, pero sin los que no podemos vivir. 

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