La era de la “Industrialización Informativa”
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La era de la “Industrialización Informativa”

Los jóvenes asistentes a una charla que les di recientemente se quedaron atraídos cuando les dije que “La noticia ya no es lo que era”. Y no, no era un romántico lamento de un veterano periodista como yo, que de vez en cuando añoro mis experiencias con las máquinas de escribir. Es la constatación de que el insumo básico con el que siempre hemos trabajado—el hecho, el dato, el acontecimiento— ha entrado en ahora en una fábrica. Los invite a imaginarse que la noticia es como una fruta. La noticia pura y dura, la “materia prima”, es esa fruta recién cogida del árbol. Pero ¿quién se come hoy una naranja solo pelándola? El mundo moderno la procesa: con su cáscara hacen aceites esenciales, con su pulpa hacen zumo, con la fibra hacen mermeladas etc. Un solo producto que se convierte en un abanico de opciones para todo tipo de consumidores. El ejemplo perfecto es la caña de azúcar. No solo nos da el azúcar. Ese bagazo que sobra, la “basura”, resulta que sirve para generar electricidad, para hacer papel y cartón, para crear paneles de construcción o hasta alimento para animales. Nada se desperdicia, todo se transforma. Pues bien, en nuestro oficio, ha pasado exactamente lo mismo. La noticia es hoy un insumo altamente procesado. Ya no llega al público con un solo rostro. La misma información la puedes consumir en un reel de Instagram mientras esperas el metro, en un podcast de una hora que te acompaña en el gimnasio, en un meme que te hace soltar una carcajada o en un análisis sesudo de mil palabras. La noticia rueda por este ecosistema sin quedarse estática. Evoluciona, se conecta con otros temas, busca sus antecedentes, se mezcla con contexto y se convierte en un producto mucho más robusto y duradero que el simple titular. Esto no es solo “maquillaje”. Una buena “industrialización” nos permite mostrar las múltiples aristas de un hecho. Podemos ofrecer el dato, pero también la interpretación, el análisis de fondo que ayude a la audiencia a entender la complejidad del mundo. Le ponemos “valor agregado” a la materia prima. Pero, como todo proceso industrial, tiene su lado oscuro. Así como podemos enriquecer un producto, también podemos adulterarlo. Esta misma capacidad de procesar la noticia es la que permite que se fabrique, que se invente, que se desnaturalice con intereses malvados. La “industria de la noticia” también tiene sus talleres clandestinos que producen piezas falsas, diseñadas para parecer reales. En un contexto así, les dije, el ejercicio del periodismo se asegura su vigencia en la medida en que seamos capaces de manejar las claves de esta nueva realidad. Ya no basta con ser un gran cazador de noticias (el que encuentra la fruta). Los periodistas y editores tienen que ser también grandes chefs, grandes ingenieros de procesos. Saber qué formato usar para cada audiencia, qué canal es el adecuado, cómo añadir contexto sin aburrir, y sobre todo, cómo detectar cuándo ese procesamiento se ha hecho para manipular. Los exhorte a no tenerles miedo a la fábrica. A que aprendan a manejar la maquinaria. Porque el buen periodismo ya no compite solo con otros periodistas, compite con el ruido. Y solo los que sepan industrializar la verdad, con ética y creatividad, van a lograr que su voz se escuche por encima de la estática. Entramos así a la era de la noticia procesada. El reto es mayúsculo. Y no nos queda otro camino que jugárnosla.

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