De mis primeros y últimos años
Tendría poco menos de seis años cuando mi madre me fue a buscar a la escuelita de Doña Victoriana viuda Viñas; una Santa al servicio de la enseñanza de los niños pendientes de aprender lo primero que oirían en su inicio de formación. Una especie de kínder, aunque con niños más creciditos que los de hoy. Recuerdo que vi llegando a mi madre a la modesta escuela y Doña Victoriana se apartó con ella y supe con el tiempo que le había mandado un papelito diciéndole: “Narcisa, quiero verte, porque me quedo con Aristeo, pero con Vincho no. Es muy inteligente, pero muy inquieto y tormentoso.” El hecho es que mi madre, que toda la vida apreció y admiró a los maestros, tenía el convencimiento de que ellos tenían razón. Los consideraba como una extensión sana de su autoridad. Con Doña Victoriana era fraternal la relación. Al llegar a la casa me amonestó severamente y dictó su sanción de siempre: Pijama y habitación sin salida por un tiempo, sin licencia de ningún género. Sin embargo, ella tenía una prima encantadora, Fefa Vásquez, esposa de Pancho Rosario; dos virtuosos exponentes de lo que eran la familia y el hogar de entonces. Tía Fefa, al enterarse que yo estaba de castigo fue a verme y me dijo sonriente, con una gracia personal inigualable que la hacía merecedora de cariño y admiración porque era muy locuaz y tenía siempre cosas que contar, incluso, de su primo Horacio Vásquez: “¡Yo sí estoy contenta con lo que pasó donde Victoriana! Tú eres muy inquieto y travieso y acabo de convencer a Sisa para inscribirte en la Escuela Pública donde Panchito mi hijo es maestro de primer curso. Ahí tú te vas a arreglar.” Al cabo de un año cuando entregaron las notas Panchito fue a ver a mamá y le dijo: “Narcisa, Vincho va muy bien, ponle atención que va a llegar muy lejos.” Panchito fue profesor durante buen tiempo en la Escuela República de El Salvador, al grado que lo tuve nuevamente en el séptimo curso y en verdad era extraordinario en sus lecciones. Luego se hizo médico y emigró a Estados Unidos y allí trabajó largo tiempo con buen éxito. Pero bien, la Reminiscencia de hoy se la dedico a un compañero de pupitre en el séptimo, José Evaristo, que fue un muchacho muy travieso y simpático que ejerció una especie de liderato entre sus compañeros; en la escuela todos le querían por sus ocurrencias. El maestro era formidable en clase porque tenía la costumbre de escenificar con los propios alumnos episodios de la historia, participando él mismo; era una manera de comprobar si estaban aplicados y fijar el episodio interpretando personajes grandes de la Historia Universal. Un día teníamos como tarea el encuentro de Alejandro Magno con Diógenes, el filósofo. El Maestro medía como seis pies y tres pulgadas y tomó una regla de pino, larga, ordenándole a José Evaristo que se metiera debajo de una mesa y llamó a tres alumnos, que harían las veces de soldados de la compañía de Alejandro Magno. Entramos por la puerta mayor del aula y entonces se acercó a la mesa, que hacía las veces de la tinaja donde solía albergarse el filósofo, y exclamó el Maestro: “Si yo no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes”, añadiendo: “Evaristo, dígame qué respondió Diógenes.” Contestando Evaristo: “Maestro, no dijo ná´”. El Maestro le insistió: “Dígame, ¿quién fue Alejandro Magno?; ¿de dónde era?, ¿quién fue su padre?, ¿qué hizo para merecer ser tratado por la historia como uno de los grandes del mundo?” José Evaristo quiso probar que no se había aprendido ninguna de las lecciones que se habían impartido al respecto, pero se dedicó a contrariar al Maestro y éste lo amenazó con reglazos. Evaristo reaccionó con su gracejo cómico de siempre: “Ese hombre fue un guerrero que se cogió parte del mundo y terminó juyéndole a unos elefantes.” El Maestro no pudo contenerse y le dijo: “Usted tiene como castigo escribir cien líneas: “Si yo no fuera José Evaristo, sería un mejor discípulo”. Evaristo finalmente dijo: “Maestro, ¿usted cree todos esos cuentos de la historia? ¡No ombe!”. Y se rió estruendosamente. Me ha ocurrido al paso de los años desde el ´49, cuando fuera alumno de aquel brillante maestro que fuera don Andrés Avelino, hasta estos días en que esos recuerdos me han invadido, que ciertamente Evaristo tenía razón. Ésto, porque el episodio se hizo famoso por siglos y son centenares sus interpretaciones, siendo la predominante la que describe el contexto: Alejandro llega a Corinto, muchos filósofos lo van a felicitar y nota la ausencia de Diógenes y sale a buscarlo. Lo encuentra bajo el sol, tirado junto a una tinaja y lo primero que le dice es: “¿Cuál es tu necesidad? ¿Qué favor te puedo hacer?” Vivía como un pordiosero y respondió: “Sí. Apártate un poco del sol.” Alejandro se impresionó y dijo a sus seguidores que se reían: “Pero en verdad, de no ser Alejandro desearía ser Diógenes.” Plutarco ofreció esa versión, que fue la comentada por el Maestro Avelino y ahora la encuentro en Wikipedia con los distintos significados que le han dado al episodio. Moraleja sencilla: Las personas que son naturalmente francas y directas respetan a quienes son como ellos, mientras los cobardes las consideran enemigas. Esto no es un sayo. Sólo recuerdos.