¡Cuánto desprecio por la vida!
Más de 200 muertes por mes provocadas por accidentes de tránsito en el país es una sangría insoportable para una sociedad que lucha por el progreso. La mayoría de estas muertes –y la cifra aun mayor de mutilaciones– corresponde a personas jóvenes y productivas, especialmente varones. Lo más triste de esta danza mortal es que llevamos años contando fallecimientos por esta causa y poco se hace para prevenirlos eficazmente. Salvo los operativos de Navidad, fin de año y Semana Santa, que ejecutan los organismos de socorro, el resto del tiempo es una especie de “sálvese quien pueda”. Las autoridades del tránsito –Intrant y Digesett– están en el deber y tienen la obligación de desplegar acciones firmes para evitar el auge de esta epidemia de muertes. Resulta increíble que la mayoría de los agentes de la Digesett estén dedicados a poner multas por infracciones que su sola presencia puede evitar. Citemos solo dos ejemplos: Para garantizar que los conductores no giren hacia el sur en la 27 de Febrero con Máximo Gómez, hay solo una señal de semáforo y una vertical. Si un chofer viola esa disposición, al cruzar la vía se encuentra con tres agentes colocados ahí expresamente para multarlos, como si su principal misión fuera recaudadora, no reguladora del tránsito y prevención de accidentes. Lo mismo ocurre en el Malecón, frente a la Dirección General de Migración, donde está prohibido doblar en U de este a oeste. A cien metros de la intercepción hay de forma permanente dos agentes que observan cuando un conductor viola la norma, lo interceptan y le ponen una multa. En las autopistas el “trabajo” de los agentes del tránsito se limita detener a vehículos en mal estado y eventualmente a "jeepetas" que se conducen correctamente. Por eso los camiones y motocicletas, que los agentes raramente detienen, son los que provocan las mayores tragedias en las carreteras.