Deja dicho que…
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Deja dicho que…

Deja dicho que, al fin y al cabo, la fuerza da el derecho y el derecho necesita fuerza.. Está claro que los tratados internacionales se escribieron . como escudo de defensa de los débiles, frente a la avasalladora presencia de sus explotadores, de quienes tenían la fuerza necesaria y abundante, para aplastar, para imponer.. Lo han hecho desde antes del primer día. La Historia lo enseña: el pez grande se come al chiquito.. La Organización de Estados Americanos se formó para armonizar los intereses de las naciones del continente, pero como “una cosa piensa el burro y otra el que lo está aparejando” solo se trataba de palabras almibaradas cubiertas por un polvo de estrellas que ciega el entendimiento de los gobernados.. Tan pronto como se cruzaron los intereses y se rascó el pie del coloso, usaron la OEA como instrumento de dominación y cubrieron la barbarie de la invasión norteamericana de 1965 con un manto que engaña, la verdad es que Estados Unidos y su Ministerio de Colonias, como bautizó el Ché Guevara a la OEA, se cubrieron de porquería interviniendo en favor de la ilegalidad, de la fuerza, contra el Derecho.. En 1965, para más remate la Organización de Naciones Unidas envió una estrella de hombre, el doctor José Antonio Mayobre, en medio del conflicto, poco pudo hacer ese ilustre venezolano, salvo alzar su voz para contribuir al cese de algún bombardeo injustificado e influir para que liberaran uno que otro político injustamente apresado. El uso de la fuerza, como moneda de buena ley para las relaciones internacionales, solo beneficia, solo conviene a quien posee los instrumentos más aterradores y aniquiladores, de ahí que los países que consiguieron crear la bomba atómica, con su poder destructivo infinito, mantienen un selecto y cerrado club de propietarios de esa tecnología y no quieren rivales, porque ello disminuiría su posición de preeminencia como los guapos del barrio.. De pronto nos damos cuenta de que un hombre tiene tanto poder que manda, dice, rige, ordena y manda en el mundo entero, ya sea por sí o por intermedio de otros que se convierten en sus cómplices. Nos damos cuenta de que no hay ley internacional. Que la voluntad de paz es una actitud mentirosa, que la independencia de las naciones tiene como límite los intereses económicos y políticos de los países militarmente poderosos.. Estamos entrampados en un mundo de mentiras, falsedades, abusos e irrespeto. Como decía el eslogan de los años 50 del siglo XX: “O tu porta bien, o yo porta avión”. Esa es la real ley internacional.

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